Los albores de la cristiandad

junio 15, 2020 0 Por admin

Los albores de la cristiandad

LA división del Imperio romano en dos, el de Occidente y el de Oriente, consumada a finales del siglo iv, tuvo una honda repercusión en la cristiandad, pues su Iglesia también quedó dividida. Las regiones de lengua y cultura latinas instalaron su sede en Roma, que con el tiempo se convertiría en el corazón de la Iglesia católica; las provincias del Imperio Romano de Oriente, de cultura griega, siria y copta, crearon la Iglesia ortodoxa, cuyo centro fue Constantinopla.

Desde san Agustín, la entrada de los bárbaros en el Imperio se había interpretado como una oportunidad para evangelizar a los recién llegados. Ya antes de la caída de Roma, los pueblos germanos habían empezado a asimilar el cristianismo, aunque sin abandonar determinadas tradiciones y supersticiones paganas. Y tras la caída del Imperio romano, la Iglesia, la única estructura que permaneció intacta entre tanto cambio, se lanzó a través de sus monjes a evangelizar y culturizar las antiguas provincias romanas. Durante el reinado de Clodoveo (481-511), primer rey de la dinastía merovingia, los francos se convirtieron al catolicismo y se encargaron de expandir el cristianismo entre los pueblos del otro lado del Rin. Por su parte, los bizantinos predicaron el cristianismo ortodoxo entre los búlgaros y los eslavos.

Esta transformación del mundo antiguo trajo también consigo la entrada en escena de un nuevo protagonista, la del emperador cristiano dispuesto a asumir su misión de defensor de la Iglesia y promotor del orden cristiano en la sociedad. Este papel se juzgaba tan importante en los siglos de tránsito de la Antigüedad a la Edad Media que, cuando los emperadores bizantinos dejaron de satisfacerla en los territorios cercanos a Roma, el papa buscó en el rey de los francos el auxilio del poder secular que ya no obtenía del emperador oriental.

A partir de ese momento la Iglesia de Roma reclamó su primacía jurisdiccional como sucesora del apóstol Pedro.

Tras la coronación imperial de Carlomagno a cargo de León III en la basílica de San Pedro (año 800), los papas y los emperadores romanos quedaron estrechamente vinculados y se comprometieron a respetar el reparto de poderes: el emperador ostentaría el poder terrenal, y el papa, el espiritual.

Entre la población, la religión de Cristo fue penetrando cada vez más íntimamente. En este contexto, los monjes fueron una pieza clave para la cristianización y civilización de los pueblos bárbaros en Europa. Humildes, caritativos y trabajadores, a menudo compartieron sufrimientos con el pueblo llano, al que aliviaban con la promesa de una vida mejor en el más allá y al que enseñaron las artes útiles de la agricultura y la artesanía.